La mentira hace que se asuman los gestos de la persona a la que estamos engañando. Por eso, decir una mentira desencadena inconscientemente este comportamiento.

Si sospecha que alguien le está mintiendo, preste atención: las personas que dicen una mentira tienden a copiar, sin darse cuenta, el lenguaje corporal de su interlocutor. El descubrimiento descrito en la revista Royal Society Open Science podría servir para encontrar nuevos métodos para verificar la fiabilidad de los testigos. Quienes son hábiles en la mentira suelen asumir los comportamientos que se esperan de una persona sincera, pero la tendencia a copiar los gestos del otro que destaca el estudio es algo más sutil, una actitud que los mentirosos no pueden controlar.

Un equipo de psicólogos de la Universidad Erasmus de Rotterdam (Países Bajos) pidió a unos 50 estudiantes que resolvieran un rompecabezas de madera en cinco minutos, tiempo claramente insuficiente para completarlo. Sophie van der Zee, autora del estudio, escondió las instrucciones para resolver el rompecabezas en la sala donde los alumnos podían verlas, pero luego pidió a los estudiantes que no mencionaran su «olvido» porque temía una reprimenda de sus supervisores. De hecho, las soluciones se habían dejado a la vista a propósito.

Vamos al polígrafo

Después, Van der Zee y sus colegas grabaron los diálogos entre los participantes en el estudio y otros estudiantes: los que habían seguido al pie de la letra las recomendaciones del investigador fueron obligados a mentir sobre cómo habían conseguido resolver el rompecabezas. Los movimientos de todos los estudiantes -tanto de los «mentirosos» como de sus interlocutores- se estudiaron con un acelerómetro inalámbrico (un instrumento que mide las aceleraciones de los movimientos). Al comparar los gestos de la cabeza, el pecho y las muñecas, se vio que cuando los participantes eran honestos, se movían de forma diferente a sus compañeros; cuando mentían, imitaban inconscientemente los gestos de su interlocutor.

Esto ocurre porque mentir consume mucha energía, y la concentración necesaria para elaborar una historia coherente y controlar las reacciones de los demás deja a los mentirosos con menos recursos para controlar sus interacciones sociales. Copiar los gestos que vemos en la otra persona requiere menos esfuerzo que gestionar los gestos propios y originales: este mecanismo para hacer frente a la sobrecarga cognitiva apenas es visible a simple vista, pero no se le ha escapado al acelerómetro.

Entonces, ¿quién miente?

Si se confirma, el descubrimiento podría prestarse a futuros usos en el ámbito forense. Con una aclaración: la técnica revela si los movimientos de los dos interlocutores son similares, pero no dice cuál de los dos miente. En definitiva, desenmascarar al mentiroso de turno nunca es fácil.